Elena Silveira no acudió a la gala para sonreír a las cámaras ni para bailar un vals como la esposa perfecta de la alta sociedad.
Acudió para poner fin a una mentira, de forma elegante, pública y a su manera.
Esa noche, en el evento benéfico más exclusivo de Madrid, trescientos miembros de la élite se reunieron bajo las lámparas de araña de cristal del Hotel Ritz, preparados para el espectáculo habitual: discursos impecables, generosas donaciones y parejas adineradas que exhibían una estabilidad casi artística.
Se esperaba la llegada de Ricardo Molina con Elena, su esposa desde hacía veintidós años; una pareja elegante que había patrocinado la Fundación Esperanza durante años.
Pero Ricardo llevaba seis meses viviendo una doble vida.
Y Elena lo sabía desde hacía más tiempo del que él imaginaba.
1) El plan “perfecto” de Ricardo
Ricardo estaba en su despacho del piso 22, ajustándose la pajarita una y otra vez, como si un nudo más perfecto pudiera borrar lo que estaba a punto de hacer.
Tenía cincuenta años, era exitoso y admirado. Cabello gris peinado con precisión, traje italiano impecable, una sonrisa que había cerrado negocios millonarios.
Sin embargo, esa noche, bajo esa seguridad, se percibía algo agudo e inquieto.
Sobre el escritorio de caoba había dos invitaciones.
Una: Sr. Ricardo Molina y Sra. Elena Molina.
La otra: Sr. Ricardo Molina y su acompañante.
La segunda invitación había llegado a través de su secretaria personal, discretamente, con una nota manuscrita:
«Así que por fin podemos oficializar nuestra unión. Con cariño, Isabela».