«Por favor», dijo Elena dulcemente. «Llámame Elena. Ya somos prácticamente amigas, ¿no? Ricardo me cuenta todo sobre sus… reuniones de trabajo».
Las palabras eran amables.
El significado no lo era.
Elena admiró el vestido de Isabela, elogió el collar, destacó la «generosidad» de Ricardo, todo con una elegancia meliflua, sin alzar la voz ni perder la sonrisa.
Entonces Montenegro se acercó.
«Elena, querida», dijo, «¿podemos continuar?»
Elena asintió.
«Sí. Creo que es el momento».
Hizo una discreta señal al maître.
La orquesta se apagó.
Una copa tintineó.
Y la sala quedó en silencio. —Señoras y señores —anunció el maître—, invitamos a la señora Elena Silveira de Molina al escenario para que nos dirija unas palabras.
A Ricardo se le heló la sangre.
Elena nunca daba discursos.
Solo si tenía un motivo.
3) El discurso que conmovió a todos
Elena subió al escenario con calma y precisión, como si hubiera ensayado el recorrido. Bajo los focos, su tiara brillaba.