Estaba de pie cerca de la entrada como una reina que llega tarde a propósito.
No llevaba el Valentino que había mencionado. Llevaba un vestido dorado que Ricardo no reconoció: llamativo, luminoso, de corte impecable. Su cabello caía en suaves ondas, y sobre su cabeza lucía la tiara de diamantes Silveira, una joya familiar que solo aparecía cuando la familia quería dar un golpe de efecto.
Parecía tranquila.
No herida.
No confundida.
Tranquila.
Y a su lado estaba el doctor Alejandro Montenegro, uno de los abogados de negocios más respetados de Madrid.
A Ricardo se le encogió el estómago.
¿Por qué lo traería Elena?
Antes de que Ricardo pudiera reaccionar, Elena se acercó a ellos, sonriendo como si hubiera venido a recibir invitados, no a revelar una traición.
«Mi querido Ricardo», dijo con calidez. «Qué sorpresa encontrarte aquí».
A Ricardo se le secó la boca.
«Elena… dijiste que estabas enferma».
«Oh, me recuperé», dijo con ligereza. «No podía faltar esta noche. Esta noche no».
Entonces se volvió hacia Isabela como si fueran viejas conocidas.
«Y usted debe ser Isabela Carvallo. He oído hablar mucho de usted».
Isabela palideció.
«Señora Molina…»