Pero la habitación se sentía diferente. Rostros conocidos lo saludaron cálidamente, pero sus miradas se detuvieron demasiado tiempo. Demasiado curiosas. Demasiado penetrantes.
Y la ausencia de Elena no pasaba desapercibida.
Marta Silveira —prima lejana de Elena y una de las organizadoras— se acercó con una sonrisa que parecía una cuchilla.
—Ricardo. Qué sorpresa… y qué encantadora acompañante.
Presentó a Isabela con naturalidad.
La de Marta.
La mirada recorrió a Isabela de pies a cabeza.
—¿Y Elena? Le encanta este evento. Incluso sugirió el tema de este año.
Ricardo no pestañeó.
—Elena está enferma. Un resfriado. Insistió en que viniera, ya que somos patrocinadores.
La sonrisa de Marta se mantuvo cortés, pero sus ojos decían algo más:
Lo sabemos.
Cuando se alejó, la confianza de Isabela flaqueó.
—Ella lo sabe —susurró Isabela—. Siento que todo el mundo lo sabe.
Ricardo forzó una risa.
—Te lo estás imaginando. Ven, bailemos.
Salieron a la pista. Isabela se movía con gracia natural, y durante unos minutos Ricardo se dejó llevar por la ilusión: la música, los aplausos, las miradas, la emoción de ser visto con la mujer que deseaba.
Entonces vio a Elena.