—Pero su madre confiaba en usted.
Miré la carta que tenía en la mano.
Doce años de silencio, y Rachel aún me recordaba como la que veía ambas caras de la moneda.
Así que volví a la habitación, acerqué mi silla a la cama de Oliver y dije: —No me voy esta noche.
Por primera vez desde que llegué, respiró como si me creyera.
Parte 3
Por la mañana, la habitación del hospital se había convertido en una extraña isla de miedo, papeleo y café de máquina expendedora.
Oliver dormía a ratos. Cada vez que un carrito pasaba ruidosamente o una risa resonaba demasiado fuerte, se despertaba sobresaltado y me buscaba. Me quedé sentada a su lado, respondiendo a las preguntas de enfermeras, policías y una tranquila trabajadora de servicios sociales llamada Patrice Hall.
A las 7:20 a. m., llegó Mark Vance. Lo reconocí al instante, antes de que nadie pronunciara su nombre. Era mayor, corpulento, vestido como un hombre que intentaba parecer confiable: chaqueta limpia, zapatos lustrados, expresión preocupada. Pero sus ojos eran los mismos: fríos bajo esa apariencia.
Se acercó al puesto de enfermeras con una carpeta en la mano.
—Mi hijo está aquí —dijo—. Oliver Vance. Soy su padre.
Maribel hizo exactamente lo que el detective Reed le indicó. No señaló ni entró en pánico. Le pidió que esperara y pulsó el botón de seguridad con cuidado.
Dentro de la habitación, Oliver oyó su voz. Se quedó rígido. Me interpuse entre él y la puerta.
—No puede entrar —susurró Oliver—. Mamá dijo que no lo dejaras.
—No entrará —dije.