—Saltaos las formalidades —dijo bruscamente—. Quiero saber sobre propiedades y activos líquidos. Vuelo a Mónaco el viernes y necesito tener los fondos listos.
Sterling procedió con el lenguaje legal. Curtis suspiró ruidosamente. Finalmente, el abogado llegó a la sección de herencias.
—A mi único hijo, Curtis, le dejo la propiedad de la residencia familiar, la colección de automóviles y la suma de setenta y cinco millones de dólares…
Curtis golpeó la mesa con el puño y se puso de pie de un salto.
—¡Lo sabía! —gritó, sonriendo triunfante—. ¡Cada centavo es mío! Se giró hacia mí, con una mueca de crueldad en los labios. —¿Oíste eso, Vanessa? Setenta y cinco millones. ¿Y tú? No recibes nada. Absolutamente nada.
Me quedé inmóvil, la vergüenza me quemaba el pecho. Sus asesores resoplaron entre dientes. Me preparé para una última humillación.
Curtis agarró su maletín.
—Muy bien, Sterling. Empieza con las transferencias. He terminado aquí.
—Siéntese, señor Curtis —dijo Sterling con calma.
La sala quedó en silencio. Su voz no era alzada, pero denotaba una autoridad inconfundible.
Curtis vaciló, irritado, y luego se dejó caer en la silla.
Sterling pasó la página. El suave roce del papel resonó con fuerza.
—Hay una cláusula adicional —dijo con serenidad—. Una que su padre redactó dos días antes de entrar en coma. Se titula «Cláusula de Lealtad y Carácter».
Curtis resopló.
—Ahórrate las lecciones de papá. Sáltatelo.
—No puedo —respondió Sterling—. Porque tu herencia depende de ello.
Se aclaró la garganta y leyó en voz alta: