Pero cada vez que mi hijo pateaba, sentía que recuperaba la fuerza.
Mientras tanto, Andrés fue desapareciendo poco a poco de nuestras vidas.
Primero, fueron las reuniones.
Luego, los viajes de negocios.
Luego, el silencio.
Cuando nació mi hijo, lo llamé Mateo.
Era pequeño pero fuerte, con unos ojos que parecían más sabios de lo que debían. Al tenerlo en brazos, sentí cómo todo mi dolor pasado se transformaba en algo poderoso: amor.
Andrés llegó tarde al hospital.
Se veía perfecto: camisa limpia, colonia nueva, pero completamente fuera de lugar.
«Es precioso», dijo.
No «nuestro hijo». Simplemente… precioso.
Como si mirara algo lejano.
Me quedé en silencio.
En el fondo, ya lo sabía.
Tres meses después, se fue.
Sin lágrimas. Sin disculpas.
Solo una maleta y una simple frase:
“No puedo seguir viviendo así. Necesito empezar de cero”.
“¿Con otra persona?”, pregunté en voz baja.