Y cuando preguntaba si lo quería, le respondía:
“Eso lo entenderás algún día”.
Andrés aparecía de vez en cuando: en cumpleaños, días festivos, fotos rápidas para las redes sociales.
Traía regalos caros, pero nunca se quedaba mucho tiempo.
Mateo lo miraba con una mezcla de esperanza y confusión.
Y dolía.
Porque no hay nada más triste que un niño esperando el amor de alguien que solo sabe visitarlo.
Con el paso de los años, Mateo se convirtió en alguien extraordinario.
Tranquilo. Reflexivo. Profundamente observador.
A los diez años, una vez me abrazó por detrás mientras revisaba las facturas.
“Mamá, ¿estás cansada?”, preguntó. —Un poquito —sonreí—.
—Cuando sea mayor, me aseguraré de que puedas descansar.
Reí entre lágrimas.
—No tienes que salvarme.
—Quiero que estés orgullosa —dijo en voz baja.
Ya lo estaba.