Mateo se esforzaba mucho, no porque yo lo presionara, sino porque tenía un propósito.
Quería entrar en una de las instituciones más prestigiosas del país.
No por la fama.
Sino para demostrar algo:
—Que tu historia no empieza donde alguien te abandona.
A los quince años, fue aceptado.
Ese día, llevaba mi sencillo vestido azul, cuidadosamente planchado. Mateo estaba a mi lado con un traje oscuro, más alto y seguro de sí mismo que nunca.
—Estás preciosa, mamá —dijo.
—Tú también —respondí.
En la ceremonia, rodeada de familias orgullosas y nombres elegantes, me sentí pequeña.
Pero Mateo me tomó de la mano.
—Este día también es tuyo —me dijo.
Entonces lo vi.