Andrés.
Sentado unas filas más adelante, con su nueva vida.
La joven ya no era una niña. Era elegante, serena, con dos niños a su lado.
Sentí un nudo en el estómago.
Me vio y sonrió con seguridad.
—Nuestro hijo lo ha hecho bien —dijo.
Nuestro hijo.
No dije nada.
Mateo lo miró con calma.
—Hola, Andrés.
No «Papá».
Solo Andrés.
Cuando mencionaron el nombre de Mateo, la sala se llenó de aplausos.
Subió al escenario con firmeza.
Entonces sucedió algo inesperado.
Le pidieron que hablara.
Se acercó al micrófono, recorrió con la mirada al público… y me encontró.
Entonces dijo: