No lo negó.
Ya la había visto: joven, de apenas dieciocho años, sonriendo a una vida que no comprendía del todo.
“¿También dejas a tu hijo?”, pregunté.
“Te enviaré dinero”, respondió.
Ese fue el momento en que todo terminó.
No porque se fuera.
Sino porque eligió el dinero en lugar de la presencia… en lugar de la paternidad.
Los años que siguieron fueron los más difíciles de mi vida.
Criar a un hijo sola a una edad en la que el cuerpo ya está cansado requiere una fuerza que nadie ve.
Trabajaba desde casa: cosía, cocinaba, cuidaba a otros niños, mientras Mateo dormía a mi lado. Algunos días, me comía lo que él no terminaba. Algunas noches lloraba en silencio para no despertarlo.
Pero nunca hablé mal de su padre.
No porque Andrés mereciera cariño.
Sino porque Mateo merecía paz.
Cuando preguntaba por él, le decía:
“Tu papá está lejos”.