—Jamie intentó arreglarla después de clase —dijo, bajando la mirada—. Al parecer, ninguno de los dos sabe hacer un nudo Windsor.
—Jamie —repetí, sonriendo porque él también sonreía.
El nombre pasó ante mí como tantos otros nombres de tantas otras tardes.
—Una amiga —dijo Austin, encogiéndose de hombros.
Se acercó y me dejó prender la flor. Austin olía a la vieja colonia de su padre, la botella que había dejado en la cómoda y que nunca volví a tocar.
—Te has arreglado bastante bien, chico.
—¿Tan mal, eh?
—Dije que estaba bien. No te pases.
Austin se rió, y ese sonido me alivió un dolor punzante en el pecho. No lo había oído reír así desde otoño.
—Entonces —dije—, ¿me dicen el nombre? ¿O tengo que adivinarlo?
Su mirada se desvió hacia algún lugar más allá de mi hombro. —Me espera aquí.
—¿Te espera aquí? Qué atrevida.
—Mamá.
—¿Qué? Prometo ser normal. Bueno, casi normal. Tengo una cámara y ganas de usarla.
Austin negó con la cabeza, sonriendo y mirando al suelo. —No me hagas mil preguntas, ¿de acuerdo?
—No prometo nada.
—Mamá, por favor.