Silencio.
Luego, aplausos: atronadores, sinceros. Todo el restaurante se puso de pie.
Mia jadeó, abrumada.
Isabelle se acercó a ella. —¿Sigues queriendo ser camarera?
Mia parpadeó. —¿Yo… qué?
—Hay una vacante —dijo Isabelle—. Un curso de formación gerencial. Si te interesa.
—Pero solo llevo tres días trabajando aquí…
—La dignidad —respondió Laurent— no tiene nada que ver con el tiempo.
Mia se desplomó en una silla, débil, no por miedo, sino por la posibilidad.
Afuera, llovía.
Adentro, alguien se había levantado.
La mañana siguiente parecía irreal.
Mia despertó en su pequeña habitación alquilada: paredes desnudas, una cama estrecha, libros apilados por todas partes. Negocios. Psicología. Liderazgo. Los había estudiado en silencio durante años.
Su teléfono vibró.
Número desconocido.
Buenos días, Mia. Soy Isabelle Duval. El conductor llega a las 9. No llegues tarde.
La sede de Duval parecía otro mundo: cristal, acero, una calma y precisión absolutas. Ni gritos. Ni pánico. Todos se movían con determinación.
Los susurros la seguían.