Una joven camarera derramó agua. Se quedó paralizada.
Mia fue la primera en intervenir.
«No te preocupes», sonrió. «Estás a salvo».
Sin humillación. Solo humanidad.
Más tarde, su teléfono vibró.
Si estás revolucionando la industria… quiero participar.
Mia contempló la ciudad.
Recordó el suelo.
Y el momento en que se puso de pie.
Algunas historias no terminan.
Se alzan, y abren espacio para que otras también se eleven.