Un malentendido.
Una conexión de negocios.
Un error que admitiría con vergüenza.
Pero allí estaba él, frente a doscientos invitados, con los dedos de Sabrina agarrados a su brazo y sin rastro de vergüenza en su rostro.
Richard llegó al centro del salón, tomó el micrófono del coordinador del evento y lo golpeó una vez.
El sonido resonó en la sala.
Todas las conversaciones se desvanecieron.
Clara sintió el latido.
Se movió de nuevo, con más fuerza esta vez, como si el repentino silencio lo hubiera sobresaltado.
Los ojos de Richard recorrieron la multitud. Por un breve instante, se posaron en Clara. Su mirada era azul, clara e imposible de descifrar.
Luego desvió la mirada.
«Gracias a todos por venir esta noche», dijo con voz profunda y cálida, la voz en la que los donantes creían y que los periodistas adoraban. «La Fundación Donovan siempre ha defendido la familia, la lealtad y el coraje para construir un futuro mejor».
Clara casi se echó a reír.
La risa se le atascó en la garganta como una cuchilla.
Familia.
Lealtad.
Futuro.
A su lado, Sabrina bajó las pestañas y se inclinó hacia él.