Ivy tenía una afección respiratoria que podía convertir un simple resfriado en una noche aterradora. Mason aprendió los síntomas rápidamente, porque tenía que hacerlo. Mantenía el humidificador lleno. Memorizó qué medicamentos funcionaban mejor. Conocía el tono exacto de su tos que significaba: «No esperes».
Esa mañana de martes, Ivy se despertó con fiebre y una opresión en el pecho que le revolvió el estómago a Mason.
Intentó disimular con una sonrisa, porque los niños hacen eso cuando no quieren asustarte.
—Papá —susurró con voz débil—, siento que me aprieta el pecho.
Mason le puso el dorso de la mano en la frente. Estaba muy caliente. Revisó el cajón donde guardaba las medicinas.
Vacío.
Miró su cartera.
Veinte dólares. Eso fue ayer. No hoy.
Llamó a su supervisor durante un descanso en la hora punta de la mañana, de pie fuera de la obra, con el viento helado calándole hasta los huesos.
—Señor Ellis —dijo Mason, intentando que su voz sonara firme—, necesito un adelanto. Mi hija no está bien. Haré horas extra. Solo necesito ayuda ahora mismo.
Hubo una pausa tan larga que pareció el cierre de una puerta.
—Mason… no soy insensible —respondió su jefe. —Pero no puedo. Son las normas de la empresa. No tengo autoridad.
Mason le dio las gracias de todos modos, porque el orgullo no paga las medicinas, pero sí puede arruinarte la vida.
Esa noche, después de que Ivy por fin se durmiera intranquila, Mason se sentó a la mesa de la cocina mirando fijamente a la pared como si esperara una respuesta.
No era un ladrón.
Era un padre que se había quedado sin opciones.
La farmacia de la avenida Ashford
La farmacia Riverside era luminosa y acogedora, de esas que dan sensación de seguridad simplemente por estar bien iluminada. Entraban familias con niños con mocos. Personas mayores se apoyaban en el mostrador, charlando con el farmacéutico como si fuera su rutina.
Mason se quedó fuera diez minutos, con las manos temblando, más por miedo que por frío.
Cuando por fin entró, se movió rápido, con la mirada baja, como si la velocidad pudiera ocultarlo.
Encontró la medicina para la fiebre de los niños. Encontró el tratamiento respiratorio que Ivy necesitaba. Comprobó el precio y sintió un nudo en la garganta.
Dos días de trabajo. Como mínimo.
Miró a su alrededor. El farmacéutico atendía a un cliente mayor. La cajera estaba ocupada. Por un instante, Mason creyó que el mundo le estaba dando un respiro.
Guardó la medicina en el bolsillo de su chaqueta y se dirigió hacia la salida, esforzándose por caminar con calma a pesar de que su corazón latía con fuerza.
Una mano se posó en su hombro.