Y sin embargo, cuando Ivy la miró, no parecía una actuación. Parecía certeza.
La jueza Hart respiró hondo, como si estuviera midiendo el riesgo de su propio corazón.
—Señorita —dijo—, ¿entiende lo que es una promesa?
Ivy asintió, seria.
—Sí —dijo—. Yo cumplo las mías.
La jueza Hart apretó las manos sobre los reposabrazos de su silla.
—Señor Rowland —dijo—, aplazaré la sentencia treinta días.
Un nuevo silencio se apoderó de la sala.
El fiscal se puso de pie al instante.
—Su Señoría…
La jueza Hart lo interrumpió.
—Si, en treinta días, esta promesa conlleva una mejora notable —continuó—, el tribunal reconsiderará los cargos.
El rostro de Mason se contrajo, con una mezcla de alivio y miedo.
La jueza Hart levantó un dedo.
—Pero si nada cambia, volverá aquí. Sin excusas. Sin demoras.
Ivy volvió a tomar la mano de su padre como si fuera algo natural.
—No te preocupes, papá —dijo sonriendo—. Vamos a ayudarla a recordar.
El parque junto al estanque Laurel
A la mañana siguiente, Mason observó a Ivy desayunar como si no acabara de revolucionar todo el juzgado con una sola frase.
No podía concentrarse.
Su mente no dejaba de darle vueltas al mismo pensamiento: ¿Qué creía que podía hacer?
Cuando finalmente le preguntó, Ivy no se puso a la defensiva. No actuó como una niña a la que pillan exagerando.
Simplemente respondió con franqueza.
«A veces la gente se siente mejor cuando se siente querida», dijo. «Y cuando la gente se siente mejor, su cuerpo vuelve a responder».
Unos días después, la jueza Hart hizo algo que no había hecho en años.
Llamó a Mason.
Cuando Ivy escuchó la voz de la jueza por teléfono, se iluminó como si estuviera hablando con una amiga.
«Hola, jueza Catherine…»
Mason la corrigió con suavidad, e Ivy soltó una risita.
«Hola, jueza Madeline», dijo. «¿Puedes encontrarte conmigo en el parque Laurel Pond? Primero tenemos que ser amigas».
La jueza Hart dudó.