El regreso
Ricardo regresó a casa varias semanas después.
Más delgado.
Más frágil.
Y profundamente arrepentido.
Una noche se sentó frente a mí en silencio.
Las lágrimas aparecieron en sus ojos.
—Lo siento —susurró—. Debí confiar en ti.
Yo también lloré.
Porque el dolor seguía allí.
Porque el daño era real.
Porque cuarenta y dos años de amor habían estado a punto de terminar por una mentira.
Finalmente le respondí:
—Puedes recuperarte aquí. Siempre tendrás un lugar donde sanar. Pero reconstruir la confianza llevará tiempo.
Él asintió.
Y por primera vez en meses, ambos fuimos completamente honestos.