Emilio Salazar se había ido siete meses antes, la misma noche en que ella le dijo que estaba embarazada. No gritó. No insultó. No hizo escándalo. Solo guardó ropa en una mochila, dijo que necesitaba “pensar”, y cerró la puerta con esa cobardía suave que duele más que un golpe. Clara lloró durante tres semanas. Luego dejó de llorar, no porque el dolor hubiera terminado, sino porque el dolor ya no cabía en su cuerpo y tuvo que transformarse en otra cosa: trabajo, resistencia, rutina.
Consiguió un cuarto pequeño. Tomó turnos dobles en una fonda del centro. Ahorró cada peso. Se sobó los pies hinchados cada noche y le habló a su bebé antes de dormir, con la mano sobre el vientre.
—Yo sí me voy a quedar contigo —le prometía—. Pase lo que pase, yo sí.
El trabajo de parto comenzó de madrugada y se alargó doce horas. Doce horas de dolor, de sudor, de contracciones que subían como olas furiosas y la partían por dentro. Clara apretó los barandales de la cama hasta ponerse blanca de los nudillos. Las enfermeras la animaban. La monitoreaban. Le secaban la frente. Ella solo repetía lo mismo entre respiraciones cortadas:
—Que esté bien… por favor, que esté bien.
A las tres con diecisiete de la tarde, el bebé nació.
El llanto llenó la sala de partos como una campana de vida.
Clara dejó caer la cabeza contra la almohada y lloró con una fuerza que no había tenido ni siquiera el día en que Emilio la abandonó. Aquello era distinto. Era miedo soltándose. Era amor naciendo con forma de criatura.