Cuando Clara terminó, él observó al bebé envuelto en la manta blanca y dijo, con una ternura que la desarmó:
—Tiene la nariz de su abuela.
Clara soltó una risa ahogada en medio del llanto, porque aquella frase, en medio de todo, era lo más humano que había escuchado en meses.
Antes de irse esa noche, el doctor se detuvo en la puerta.
—Usted dijo que no tiene a nadie —le dijo a Clara.
Ella bajó la mirada.
—Eso creía.
Él negó con suavidad.
—Ese niño es mi familia. Y si usted lo permite… usted también.
Clara llevaba nueve meses levantando muros. Muros contra la esperanza, contra la dependencia, contra cualquier persona que pudiera irse otra vez. Pero en los ojos de aquel hombre no había lástima. No había obligación. Había algo más difícil de rechazar: amor sereno. Amor sin espectáculo. Amor decidido.
Miró a su hijo.
—Todavía no sé cómo llamarlo —admitió.
Por primera vez, el doctor Ricardo sonrió de verdad, una sonrisa pequeña y triste.
—Mi esposa se llamaba Magdalena. Yo le decía Maggie.
Clara contempló largamente al bebé.
—Hola, mi amor —susurró—. Creo que te vas a llamar Mateo Salazar Mendoza.
Tres semanas después, el doctor Ricardo encontró a Emilio.
Vivía en un motel barato a las afueras de León. Hacía trabajos esporádicos, dormía mal, bebía más de la cuenta y tenía la cara de quien lleva años huyendo de sí mismo. Ricardo viajó solo. No gritó. No reclamó. Solo dejó una fotografía sobre la mesa.
Era la foto de un recién nacido de ojos cerrados y puños diminutos.
Emilio la miró sin tocarla.