—¿Está bien? —preguntó una y otra vez.
Una enfermera sonrió mientras envolvía al niño en una manta blanca.
—Está perfecto, corazón. Perfecto.
Se disponían a poner al recién nacido en brazos de Clara cuando entró el médico de guardia para hacer la revisión final del reporte. Era un hombre de casi sesenta años, de manos serenas, voz grave y esa clase de presencia que hace sentir a los demás que todo está bajo control. Se llamaba doctor Ricardo Salazar.
Tomó la hoja clínica. Se acercó al bebé. Bajó la vista apenas un segundo.
Y se quedó inmóvil.
La primera en notarlo fue la enfermera mayor. El doctor había palidecido. Su mano tembló levemente sobre el portapapeles. Sus ojos, siempre firmes, se llenaron de algo que nadie allí había visto jamás: lágrimas.
—¿Doctor? —preguntó la enfermera—. ¿Se siente bien?
Él no respondió.
Seguía mirando al bebé.
La forma de la nariz. La línea suave de la boca. Y, justo debajo de la oreja izquierda, una pequeña marca de nacimiento, como una media luna canela.
Clara se incorporó con alarma, todavía débil, todavía temblando.
—¿Qué pasa? ¿Qué tiene mi hijo?
El doctor tragó saliva. Cuando habló, su voz salió apenas por encima de un susurro.
—¿Dónde está el padre del niño?
La expresión de Clara se endureció al instante.
—No está.
—Necesito saber su nombre.
—¿Para qué? —preguntó ella, ya a la defensiva—. ¿Qué tiene que ver eso con mi bebé?
El doctor la miró con una tristeza antigua, casi insoportable.
—Por favor —dijo—. Dígame su nombre.