A veces la ira no explota, sino que se intensifica.
Llamé al banco.
A mi abogado.
Al equipo del sistema de domótica.
A una empresa de mudanzas.
A un almacén.
A un perito forense.
En una hora, todo estaba en marcha.
Acceso revocado.
Códigos cambiados.
Cuentas bloqueadas.
Pruebas aseguradas.
Al mediodía llegaron los de la mudanza.
Silenciosos. Eficientes.
Se llevaron todo:
Muebles.
Decoración.
Arte.
Incluso las piezas que Adrián había mostrado con orgullo en internet la noche anterior.
No dejé nada.
Si quería jugar a las casitas, que se enfrentara a la realidad.
Mientras seguía revisando sus mensajes, encontré algo peor.
Ya les había dicho a sus familiares que la casa era suya.
A su hermana: