Abrí la puerta. Me empujó al pasar, con la mirada frenética y la chaqueta medio desabrochada.
—¿Dónde está la llave?
—No es tuya.
—Era mi madre. No tuya. MÍA.
—¿Entonces dónde estabas? —pregunté con calma.
Tim se detuvo. Por un instante, algo se quebró en su expresión, el mismo destello que había notado en la cafetería cuando dijo que no soportaba ver a su madre así. Luego su rostro se endureció de nuevo.
—Manipulaste a una anciana enferma. Tengo abogados, Jeremy. Abogados de verdad. Tendrás suerte si conservas tu furgoneta.
—No manipulé a nadie. Ella lo sabía.
—¿Sabía qué?
—Sabía que no era tú. Todo el tiempo.
Soltó una risa corta y desagradable. —Díselo a un juez. A ver qué tal suena viniendo del hombre al que le pago 500 dólares a la semana.
Cerró la puerta de golpe con tanta fuerza que un cuadro se cayó de la pared.
En una semana llegaron los documentos legales. El abogado de Tim impugnó la herencia, acusándome de influencia indebida. Luego empezaron a llegar llamadas de parientes que ni siquiera conocía, llamándome fraude, estafador y buitre.
Esa noche, me senté en el sofá de mi madre con papeles esparcidos sobre la mesa de centro y estuve a punto de rendirme.
—¿Qué vas a hacer, cariño? —preguntó.
—No lo sé, mamá. Él tiene dinero. Yo no tengo nada.