—El legado se mantiene.
En el banco, introduje la llave en la caja de seguridad. Dentro había bonos de ahorro, fajos de billetes bien ordenados y una fotografía de una joven con un bebé en brazos.
Mi visión se nubló.
Leí su última frase una vez más: «Usa la mitad para mis amigos. Ellos tampoco tienen a nadie».
Una semana después, me senté frente a la directora de la residencia de ancianos.
«La mitad es para los residentes», dije. «Para salidas, mejores comidas, lo que Margaret te diga que necesitan».
Asintió, sonriendo levemente.
Ese mes, pagué las facturas médicas de mi madre. Por primera vez en años, dormí sin preocuparme por el dinero.
Todos los sábados, volvía a la residencia. Margaret siempre me guardaba un sitio cerca de la ventana, en la vieja silla de Rosie.
Una tarde, llevé un pequeño ramo de tulipanes y lo coloqué sobre el asiento de esa silla.
Margaret me observaba en silencio, con las agujas de tejer aún en su regazo.
«Ella me enseñó a quedarme», dije.
Margaret asintió levemente, y la luz del sol se desplazó lentamente sobre los pétalos.