Un gemido ahogado.
Proveniente del garaje cerrado.
Mi mano se quedó congelada en la puerta del coche.
El rostro de Mark cambió antes de que pudiera evitarlo. El miedo me invadió, luego la ira.
«Tuberías viejas», dijo.
Asentí una vez.
Luego me marché.
En la esquina, aparqué bajo una farola apagada, apagué las luces y abrí la aplicación de grabación oculta en mi teléfono.
Porque Mark había olvidado una cosa.
Antes de convertirme en la mujer destrozada por el dolor en su porche, había sido la fiscal que hacía que hombres como él temieran el silencio…
Parte 2
Regresé por el callejón detrás de la casa, la lluvia golpeando el capó como dedos impacientes. El garaje estaba separado de la cocina, con la puerta lateral hinchada por la madera húmeda. Un candado colgaba allí: nuevo, reluciente.
Dentro, algo raspaba el cemento.
Entonces oí la voz de mi hija.
«Por favor…»