Luego se dio la vuelta.
—Llévale la comida, Fiona. Se acabó la conversación.
Así lo hice.
Víctor se sentó cerca de la cerca, frotándose las manos para recuperar el calor.
—¿Tu madre hizo sopa hoy? —preguntó.
—Sí. De pollo.
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
—Esa es su mejor sopa.
—Ni siquiera la conoces.
La sonrisa desapareció por completo.
—Conozco su sopa.
Por alguna razón, eso hizo que me cayera aún peor.
Pasaron los años y, finalmente, me mudé. Mamá y yo discutíamos menos porque dejé de hacer preguntas.
Pero Víctor nunca se fue.
A veces lo veía arreglando un escalón suelto del porche o apilando leña después de las tormentas.
Un año, en la preparatoria, cuando mis botas se rompieron, apareció misteriosamente un par de segunda mano junto a mi mochila.
—¿De dónde salieron? —pregunté.
—De una donación de la iglesia —respondió mamá demasiado rápido.
Miré por la ventana de la cocina.
Víctor estaba afuera quitando la nieve de los escalones.
Nada de eso tenía sentido para mí.
—
Entonces llegó el cáncer y poco a poco fue consumiendo a mi madre.
Stephanie antes cargaba las compras con ambas manos y abría las puertas con los codos. Hacia el final, se le veían los huesos de la muñeca bajo la piel.
Dos semanas antes de morir, me senté junto a su cama de hospital mientras ella jugueteaba nerviosamente con la manta.
—Fiona.