“Lo borrará por completo.”
“¿Borrar a quién?”
“Solo prométemelo, Fiona.”
Quería respuestas. Las quería todas.
Pero parecía aterrorizada, y por mucha edad que tuviera, seguía siendo su hija.
—Lo prometo —dije.
Una lágrima rodó por su mejilla.
—Él era mi refugio —susurró.
Unos días después, se fue.
Después del funeral, la pequeña casa de mamá se llenó de sándwiches y muestras de cariño. La había comprado años atrás, tras ahorrar hasta el último centavo.
El tío Mark estaba cerca del pasillo, ya revisando cajas.
Me acerqué a él.
—¿Qué haces?
Me dedicó esa sonrisa tranquila que siempre usaba cuando quería que dudara de mí misma.
—Ayudando.
—¿Revisando sus cosas?
—Tu madre guardaba demasiadas cosas, Fiona. Papeles viejos. Platos rotos. Cosas que solo le recordaban la tristeza.
—Yo decidiré qué se queda.
Su sonrisa se tensó.
—Estás de luto. No es momento de tomar decisiones emocionales.
Miré más allá de él, hacia la ventana trasera. El refugio de Víctor estaba detrás de la cerca, parcialmente oculto por la maleza.
—Qué curioso —dije—. Mamá me dijo lo mismo de ti.
La mano de Mark se quedó congelada sobre una caja de cartón.
—¿Qué dijo Stephanie?
—Que si venías, no te dejara tocar la caja azul.
Por un instante, algo cambió en su rostro.
Luego se rió.