El fuerte olor a desinfectante.
Luces brillantes que parecían no apagarse nunca.
Pegatinas de dibujos animados de colores intentaban, sin éxito, alegrar la habitación.
Leila tiraba nerviosamente de la manga de su suéter.
—¿Qué le pasa a Nora? —preguntó.
Mamá forzó una sonrisa.
—Solo está cansada.
Nora puso los ojos en blanco.
—No soy una bebé, mamá.
Por un momento, todos rieron.
Pero incluso entonces, algo se sentía diferente.
Nora parecía más pequeña en esa cama de hospital.
Sus muñecas parecían demasiado delgadas.
Le costaba mantener la sonrisa.
Aun así, se preocupaba más por nosotros que por ella misma.
—Dejen de estar tan preocupados —bromeó—. Se ven raros.
Leila rompió a llorar.
Me quedé paralizada junto a la cama, agarrando la barandilla con tanta fuerza que me dolían las manos.
Pensé que si aguantaba lo suficiente, nada cambiaría.
Me equivoqué.