Nuestra hermana trilliza falleció cuando solo teníamos once años. En nuestro cumpleaños número 21, mamá nos entregó una caja que había dejado atrás.

Porque por mucho que nos aferráramos, no podíamos detener lo que se avecinaba.

PARTE 2: La caja que esperó diez años
Cuando Nora murió, el silencio se apoderó de nuestra casa.

Se instaló en cada habitación.

Sus zapatillas permanecieron intactas en el pasillo.

Su cepillo de dientes se quedó junto al nuestro.

Su cama vacía se convirtió en lo primero que veía cada mañana y lo último que veía cada noche.

Los cumpleaños se volvieron especialmente dolorosos.

Seguía habiendo pasteles.

Seguían habiendo velas.

Seguían habiendo adornos.

Pero siempre faltaba una silla.

Cada año, Leila y yo contábamos en silencio tres lugares, aunque solo quedábamos dos.

Con el paso de los años, el duelo nos transformó.

Leila se volvió distante y cortante.

Yo me quedé callada.

El dolor no nos acercó.

Nos separó.

Cuando cumplimos veintiún años, apenas sabíamos cómo hablarnos.

Leave a Comment