El trueno ahogó su voz.
La silla de ruedas se deslizaba por el barro, centímetro a centímetro acercándose al borde del precipicio.
Esa noche, la lluvia no solo caía.
Era una lluvia acusadora.
Eleanor Witmore, una multimillonaria de 75 años confinada a su silla de ruedas, miraba fijamente la oscuridad del precipicio.
Su nuera, Claudia Witmore, la empujaba hacia adelante, con las manos temblorosas pero la mente firme.
Los tacones de Claudia se hundieron en el suelo mojado.
El rímel le corría por las mejillas, testimonio de un alma rota.
Veinte años de resentimiento, deudas y envidia habían provocado este momento.
Esa noche, la herencia era más importante que la sangre.
—No había que esperar más —siseó Claudia—.
—Por la mañana, dirían que fue un accidente.
La silla de ruedas se detuvo justo al borde.
Abajo, el río rugía como una bestia, dispuesta a borrar toda evidencia.
Eleanor suplicó.
No por su riqueza, sino por misericordia.
Por el recuerdo de su familia.
Por la vida a la que aún se aferraba.
Pero la misericordia quedó ahogada por la desesperación de Claudia.
Con un último esfuerzo, soltó el freno.