Correr.
Esconderse.
Olvidar.
La mujer que empujaba la silla de ruedas era peligrosa: poderosa, rica.
Amara no tenía a nadie allí.
Era pequeña, empapada hasta los huesos, temblando de frío.
Si se acercaba al borde, nadie la encontraría.
El miedo le atenazó el pecho.
Y entonces lo oyó.
Al principio pensó que era solo un trueno proveniente del acantilado.
Pero sus oídos estaban acostumbrados a oír.
Aquel sonido era diferente.
Débil. Quebrado.
Un gemido frágil y tembloroso que venía de abajo.
No del río, sino del propio acantilado.
Amara contuvo el aliento.
Sus dedos se aferraron al suelo mojado mientras se arrastraba hacia el borde.
Todo su instinto le gritaba que allí era donde moría la gente.
Un relámpago rasgó el cielo y, en un instante, la oscuridad retrocedió.
Allí lo vio.
Eleanor Witmore seguía viva.