Se puso de pie temblando y buscó los brazos de Eleanor.
Él los alzó con sorprendente autoridad y los colocó sobre sus delgados hombros.
Sus rodillas casi cedieron bajo el peso.
Eleanor intentó protestar.
—No puedes cargarme. Me aplastarás.
Amara no discutió.
Simplemente se apartó, respiró hondo y comenzó a moverse. No podía llevar a Eleanor hasta allí, ni mucho menos.
En cambio, la arrastró poco a poco por la hierba mojada hacia los árboles.
Amara gateaba, tirando con los hombros, con la espalda dolorida a cada movimiento.
Las ramas le arañaban la piel.
Las rocas le golpeaban las rodillas.
Pero no se detuvo.
El bosque los engulló rápidamente, las ramas cerrándose como brazos protectores.
El camino había desaparecido.
Y también el mundo.
Eleanor había conocido el dinero, el poder y los apellidos que abrían todas las puertas.
Nada de eso tenía valor allí.
Solo calor.
Solo refugio.
Finalmente, Amara lo había encontrado.
Un pequeño agujero entre dos grandes rocas.