Las manos de Amara temblaban mientras escudriñaba el suelo a su alrededor.
Su respiración era entrecortada y silenciosa.
La tormenta la azotaba por todos lados, la lluvia fría le golpeaba la espalda como látigos.
Pero apenas la sentía.
Solo veía a Eleanor colgando allí.
Sus brazos temblaban, sus dedos se deslizaban sobre la corteza húmeda del árbol.
El tiempo se agotaba.
Aunque Amara era joven, sabía que el cuerpo cedería antes que la esperanza.
Tiró de la áspera cuerda que la rodeaba la cintura.
La misma cuerda vieja que había usado para atar manojos de leña para su abuelo.
Era vieja, áspera por el polvo y olía a humo y lluvia.
Tiró de ella con todas sus fuerzas, una, dos veces, hasta que los hombros le fallaron.
No se rompió.
Tenía que resistir.
Amara se arrastró de rodillas hacia una raíz gruesa y nudosa que sobresalía del suelo como un puño cerrado.
El barro le llenó la boca.
Las piedras le rasparon las rodillas hasta empaparlas.
Un resbalón y seguiría a Eleanor a la oscuridad.
El pensamiento cruzó por su mente, frío y punzante, pero no se detuvo.
Arrojó la cuerda alrededor de la raíz e hizo el nudo más fuerte que sabía.