Un joven Pipì vio a un multimillonario tirado en el barro; lo que sucedió después sorprendió a todos.

La lluvia le caía a raudales por la cara, mezclándose con el barro de su piel.

Pero sus ojos estaban fijos en el acantilado, abiertos y sin parpadear.

Desde donde estaba, medio oculta entre los arbustos, lo había visto todo.

El empujón.

La caída.

La mentira que siguió cuando Claudia se dio la vuelta.

El pecho de Amara se oprimió, no por la sorpresa, sino por el conocimiento.

A los siete años, había aprendido a vivir en silencio.

El hambre le había enseñado que el ruido era un desperdicio de energía.

La pérdida le había enseñado que las lágrimas no cambian nada.

Tres años atrás, un río se llevó a sus padres en una inundación.

No solo le arrebató la vida, sino también la voz.

Desde entonces, ningún sonido había escapado de su garganta.

Las palabras vivían dentro de ella, atrapadas, observándola.

Tal como estaba ahora.

La gente del pueblo cercano la llamaba la niña muda de las colinas.

Algunos la compadecían, otros la evitaban.

Nadie se daba cuenta cuando caminaba descalza a escondidas por el bosque para mirar las trampas para conejos, incluso bajo la lluvia.

Porque el hambre no se detiene ni con la tormenta.

Y nadie se daría cuenta ahora si desapareciera.

Ese pensamiento llegó: rápido, agudo, lógico.

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